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Los
siete mensajes a las Iglesias del Asia Menor
revisten
todos la misma forma. La expresión
«esto dice el que....», empleada
para in¬troducir el mensaje, recuerda
la solemnidad con que los Profetas del Antiguo
Testamento comenzaban los mensajes de Dios
destinados al pueblo.
La
expresión «conozco tus obras»
sirve para describir el estado pre¬sente
de la iglesia cristiana de cada ciudad.
Después de sacarlo a ple¬na luz,
su autor dirige a cada una palabras de exhortación
o de re¬prensión, invitándola
a convertirse o a mantener hasta el final
la fi¬delidad.
EI
mensaje concluye prometiendo a los vencedores
la felicidad eter¬na junto a Dios. Cada
promesa está expresada con imágenes
toma¬das de la felicidad que respira
la nueva Jerusalén.
Las
palabras «quien tenga oídos,
oiga», nos recuerdan que el men¬saje
a cada iglesia es actual. Las situaciones
que describen estos dos capítulos
se reproducen en las cristiandades de todos
los tiempos. Siempre la Iglesia se verá
perseguida, amenazada por las herejías,y
siempre experimentará la debilitación
de su amor. Y hoy continúa Jesucristo
velando sobre ella y exhortándola
con las mismas pala¬bras del Espíritu
de profecía.
(Cfr.
Biblia para la Iniciación Cristiana,
2. Secretariado Nacional de Catcquesis.
Introducción a las Siete Cartas del
Apocalipsis).
Nota:
Las breves introducciones a las distintas
Cartas están tomadas de la Biblia
de Jerusalén. Edición Pastoral.
Carta
a la Iglesia de de Efeso
Efeso,
sede de un célebre templo pagano,
simboliza el conflicto en¬tre el Cristianismo
y la antigua religión. La comunidad
de los cre¬yentes ha tenido que luchar
con enemigos de fuera, pero también
con falsos apóstoles de la Iglesia
seducidos por las ideas del tiempo. Debe
reemprender el combate, un tanto descuidado,
puesto que, al final, está la recompensa.
Cartas
del Apocalipsis
«Al
Ángel de la Iglesia de Efeso, escribe:
Esto dice el que tiene las siete estrellas
en su mano derecha, el que camina entre
los siete can¬delabros de oro. Conozco
tu conducta: tus fatigas y tu paciencia;
y que no puedes soportar a los malvados
y que pusiste a prueba a los que se llamaba
apóstoles sin serlo y descubriste
su engaño. Tie¬nes paciencia
y has sufrido por mi nombre sin desfallecer.
Pero ten¬go contra ti que has perdido
tu amor de antes. Date cuenta, pues, de
dónde has caído, arrepiéntete
y vuelve a tu primera conducta. Si no, iré
donde ti y cambiaré de su lugar tu
candelabro, si no te arrepientes. Tienes
en cambio a tu favor que detestas el proceder
de los nicolaítas, que yo también
detesto. EI que tenga oídos, oiga
lo que dice el Espíritu a las iglesias;
al Vencedor le daré a comer del árbol
de la vida, que está en el paraíso
de Dios».
(Apc.
2, 1-7).
Carta
a la Iglesia de Esmirna
Esta
ciudad, destruida por un terremoto y reconstruida
con magni¬ficencia, debe su nuevo esplendor
al emperador de Roma. Se im¬pone, pues,
el culto al César. Para los cristianos
es fuente de tribu¬laciones. Hay, además,
conflictos con el judaismo. Las penalidades
van a aumentar. Que la iglesia, heredera
del auténtico Israel, se man¬tenga
fiel hasta la muerte. Revivirá como
revivió la ciudad.
«Al
Ángel de la Iglesia de Esmirna escribe:
esto dice el Primero y el Ultimo, el que
estuvo muerto y revivió. Conozco
tu tribulación y tu pobreza, aunque
eres rico, y las calumnias de los que se
lla¬man judíos sin serlo y son
en realidad una sinagoga de Satanás.
No temas por lo que vas a sufrir: el Diablo
va a meter a algunos de vo¬sotros en
la cárcel para que seáis tentados,
y sufriréis una tribula¬ción
de diez días. Mantente fiel hasta
la muerte y te daré la coro¬na
de la vida. EI que tenga oídos, oiga
lo que el Espíritu dice a las iglesias:
EI vencedor no sufrirá daño
de la muerte segunda».
(Apc.
2,8-11).
Carta
a la Iglesia de Pérgamo
¡Ciudad
de Satanás! En ella florecen los
cultos de Zeus, el Askle¬pios (Esculapio,
el dios curandero) y también del
Emperador. No se dejen seducir los fieles
por la magia representada antaño
por Bala-án (Núm. 22-24).
Si la iglesia reacciona, recibirá
una prenda del fa¬vor divino.
«Al
Ángel de la Iglesia de Pérgamo
escribe: esto dice el que tiene la espada
aguda de dos filos. Sé dónde
vives: donde está el trono de Satanás.
Eres fiel a mi nombre y no has renegado
de mi fe, ni siquiera en los días
de Antipas, mi testigo fiel, que fue muerto
en¬tre vosotros, ahí donde habita
Satanás. Pero tengo alguna cosa con¬tra
ti: mantienes ahí algunos que sostienen
la doctrina de Balaán,
que
enseñaba a Balaq a poner tropiezos
a los hijos de Israel para que comieran
carnes inmoladas a los ídolos, y
fornicaran. Así tú también
mantienes algunos que sostienen la doctrina
de los nico¬laítas. Arrepiéntete,
pues; si no, iré pronto donde ti
y lucharé con¬tra esos con la
espada de mi boca. EI que tenga oídos,
oiga lo que el Espíritu dice a las
iglesias: al vencedor le daré maná
escondido; y le daré también
una piedrecita blanca, y, grabado en la
piedreci-ta, un nombre nuevo que nadie conoce,
sino el que lo recibe»
(Apc.
2,12-17).
Carta
a la Iglesia de Tiatira
En
esta ciudad mercantil la iglesia prospera
espiritualmente. Sin em¬bargo, una mujer
hace la obra de Jezabel, que en otro tiempo
apar¬taba al pueblo de Dios del culto
verdadero. ¡ Ay de ella y de los que
la siguen! Perserveren los que le hacen
frente. Pronto alcanzarán el triunfo.
«Escribe
al Ángel de la Iglesia de Tiatira:
esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son
como llama de fuego y cuyos pies parecen
de me¬tal precioso. Conozco tu conduzca:
tu caridad, tu fe, tu espíritu de
servicio, tu paciencia; tus obras últimas
sobrepujan a las primeras. Pero tengo contra
ti que toleras a Jezabel, esa mujer que
se llama profetisa y está enseñando
y engañando a mis siervos para que
for¬niquen y coman carne inmolada a
los ídolos. Le he dado tiempo para
que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse
de su fornica¬ción. Mira, a ella
voy a arrojarla al lecho del dolor y a los
que adul¬teran con ella, a una gran
tribulación, si no se arrepienten
de sus obras. Y a sus hijos les voy a herir
de muerte: así sabrán todas
las iglesias que yo soy el que sondea los
ríñones y los corazones y
yo os daré a cada uno según
sus obras.
Pero
a vosotros, a los demás de Tiatira,
que no compartís esa doc¬trina,
que no conocéis las profundidades
de Satanás, como ellos di¬cen,
os digo: no os impongo ninguna otra carga;
sólo que manten¬gáis firmemente
hasta mi vuelta lo que ya tenéis.
Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis
obras hasta el fin, le daré poder
sobre las naciones: las regirá con
cetro de hierro, como se quebrantan las
piezas de arcilla. Yo también lo
he recibido de mi Padre. Y le daré
el Lucero del alba. EI que tenga oídos,
oiga lo que el Espíritu dice a las
iglesias».
(Apc.
2,18-29).
Carta
a la Iglesia de Sardes
En
este centro de industria textil, la iglesia
ha sucumbido a una autosatisfacción
mortal. Dios se presentará en ella
como un la¬drón, como lo hicieron
antaño los persas y los griegos y
se apo¬deraron de esta ciudad tenida
como inexpugnable. ¡Despierten los
cristianos!
«Al
Ángel de la Iglesia de Sardes escribe:
esto dice el que tiene los siete espíritus
de Dios y las siete estrellas. Conozco tu
conducta: tienes nombre como de quien vive,
pero estás muerto. Ponte en vela,
reanima lo que te queda y está a
punto de morir. Peus no he encontrado tus
obras llenas a los ojos de Dios. Acuérdate,
por tan¬to, de cómo recibiste
y oíste mi Palabra: guárdala
y arrepiéntete. Porque si no estás
en vela, vendré como ladrón,
y no sabrás a qué hora vendré
sobre ti. Tienes, no obstante, en Sardes
unos pocos que no han manchado sus vestidos.
Ellos andarán conmigo vestidos de
blanco; porque lo merecen. EI vencedor será
así revestido de blan¬cas vestiduras
y no borraré su nombre del libro
de la vida, sino que me declararé
por él delante de mi Padre y de sus
Angeles. EI que tenga oído, oiga
lo que dice el Espíritu a las iglesias».
(Apc.
3,1-6).
Carta
a la Iglesia de Filadelfia
Esta
ciudad, «puerta de Oriente»,
sufría frecuentes terremotos. La
Iglesia de allí, aunque débil,
es animosa. Lo ha demostrado en la con¬frontación
con el judaismo, que pretende poseer las
llaves del reino divino. Sus fieles serán
como las columnas del Templo de Dios, con
la señal del Señor grabada
en ellos (lo mismo que las columnas de la
ciudad reconstruida llevaban grabados los
nombres de persona¬jes importantes).
«Al
Ángel de la Iglesia de Filadelfia
escribe: esto dice el Santo, el Veraz, el
que tiene la llave de David: si él
abre, nadie puede cerrar; si él cierra,
nadie puede abrir. Conozco tu conducta:
mira que he abierto ante ti una puerta que
nadie puede cerrar, porque aunque tie¬nes
poco poder has guardado mi Palabra y no
has renegado de mi nombre. Mira que te voy
a entregar algunos de la sinagoga de Sa¬tanás,
de los que se proclaman judíos y
no lo son, sino que mien¬ten; yo haré
que vayan a postrarse delante de tus pies
para que se¬pan que yo te he amado.
Ya que has guardado mi recomendación
de ser paciente, también yo te guardaré
de la hora de la prueba que va a venir sobre
el mundo entero para probar a los habitantes
de la tierra. Vengo pronto; manten con firmeza
lo que tienes para que na¬die te arrebate
la corona. Al vencedor le pondré
de columna en el santuario de mi Dios, y
no saldrá fuera ya más; y
grabaré en él el nombre de
mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi
Dios, la nueva Jerusalén, que baja
del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre
nue¬vo. EI que tenga oídos, oiga
lo que dice el Espíritu a las Iglesias».
(Apc.
3,7-13).
Carta
a la Iglesia de Laodicea
Laodicea,
rica ciudad, orgullosa de sus telares, sus
bancos, su escuela de medicina (donde se
curaban los ojos) y sus aguas termales.
Pero la iglesia de allí, a pesar
de las apariencias, es tibia, ciega y pobre.
Arrepiéntase y abra la puerta del
Señor que llama (alusión al
Cantar de los Cantares 5,2 y a la liturgia
pascual). Si recibe al Señor en su
mesa, será recibida a su vez en la
mesa del Reino.''Al Ángel de la Iglesia
de Laodicea escribe: Así habla el
Amén, el testigo fiel y veraz, el
principio de la creación de Dios.
Conoz¬co tu conducta: no eres ni frío
ni caliente. ¡Ojalá fueras
frío o ca¬liente! Ahora bien,
puesto que eres tibio, y no frío
ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.
Tú dices: Soy rico; me he enriquecido;
nada me falta. Y no te das cuenta de que
eres un desgraciado, digno de compasión,
pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que
me compres oro acrisolado al fuego para
que te enriquezcas, vestidos blancos para
que te cubras, y no quede al descubierto
la vergüenza de tu desnudez, y un colirio
para que te des en los ojos y recobres la
vis¬ta. Yo a los que amo los reprendo
y corrijo. Sé, pues, ferviente y
arrepiéntete. Mira que estoy a la
puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me
abre la puerta, entraré en su casa
y comeré con él y él
conmigo. Al vencedor le concederé
sentarse conmigo en mi trono, como yo también
vencí y me senté con mi Padre
en su trono. EI que tenga oídos,
oiga lo que dice el Espíritu a las
iglesias».
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