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Su origen y utilidad
Llámase Mitología
o Fábula la historia que trata de la vida y hazañas
de los semidioses y héroes de la antigüedad
pagana. No todo lo que en estas fábulas se refiere
es pura mentira o ficción; algunas de ellas descansan
sobre fundamentos históricos y aun las hay que
están sacadas del Antiguo Testamento. El diluvio
de Deucalión recuerda el diluvio de Noé:
en los Gigantes que escalan el cielo, fácil es
reconocer a los hijos de los hombres levantando, con
loca audacia, la torre de Babel; la formación
del hombre por Prometeo es un remedo del Génesis;
el sacrificio de Ifígenia parece reproducir la
historia de Jefté.
La Mitología
tuvo su cuna en Egipto, Fenicia y Caldea. Hacia el año 2000
antes de Jesucristo, Niño, rey de Babilonia, hizo erigir
en medio de la plaza pública la estatua de su padre Belo
y mandó a sus subditos que ante el vano simulacro ofreciesen
incienso y elevasen sus plegarias. Influidos por este ejemplo, los
pueblos vecinos deificaron a sus príncipes, a sus legisladores,
a sus guerreros, a sus grandes hombres y aun a,aquellos que habían
conquistado una vergonzosa celebridad. Las pasiones y los vicios
fueron también divinizados. Pero los pueblos de Grecia fueron
los que elevaron la Mitología a su mayor esplendor, la embellecieron
con ingeniosas concepciones, la enriquecieron con gayas ficciones
y en ella derramaron a manos llenas las creaciones de su imaginación.
A sus ojos pareció demasiado sencillo lo que era tan sólo
natural; los relatos de acciones verdaderas se animaron atribuyéndoles
circunstancias extraordinarias. A sus ojos los pastores se tornaron
sátiros y faunos; las pastoras, ninfas; los jinetes, centauros;
los héroes, semidioses; las naranjas, manzanas de oro; en
un bajel que navegaba a velas desplegadas vieron un dragón
alado. Si un orador conseguía cautivar a su auditorio con
los encantos de su elocuencia, atribuíanle el poder de haber
amansado los leones y de haber tornado sensibles a los duros peñascos.
Una mujer que había perdido su esposo y pasaba los días
sumida en llanto inconsolable, aparecía a sus ojos convertida
en fuente inagotable. De esta manera la poesía animó
la naturaleza toda y pobló el mundo de seres fantásticos.
Por más que la
Mitología sea, casi en su totalidad, tejido continuo
de fábulas, no por eso deja de tener una utilidad
incontestable. Por ella nos ponemos en condiciones de
poder explicar las obras maestras de los pintores y
escultores que admiramos y nos facilita la lectura de
los poetas y la hace interesante. La Mitología
aclara la historia de las naciones paganas, nos hace
conocer hasta qué punto los
egipcios, griegos y romanos vivían
sumidos en profundas tinieblas y a qué grado
de desorientación puede llegar el hombre abandonado
a las solas y pobres luces de su inteligencia. Sin duda
que la mayor parte de las fábulas que la integran
son falsas y absurdas: unos dioses cojos, ciegos, vulgares,
luchan entre sí o contra los hombres; unos dioses
pobres, desterrados del cielo, se ven obligados, mientras
sobre la tierra permanecen, a ejercer el oficio de albañil
o de pastor, quedando, de este modo, ridiculizados en
extremo. Pero la Mitología ofrece frecuentemente
fábulas morales en las que bajo el velo de la
alegoría se ocultan preceptos excelentes y reglas
de conducta.
Las Furias que se ceban
encarnizadamente en Orestes, el buitre que roe las entrañas
de Prometeo, trazan la maravillosa
SU ORIGEN
Y UTILIDAD
imagen del remordimiento.
La historia de Narciso ridiculiza la vanidad estúpida
y el exagerado amor a sí mismo. La trágica
muerte de Icaro es una lección admirable para
los hijos desobedientes Faetón es el tipo de
los orgullosos castigados. Los compañeros de
Ulises convertidos en viles puercos por los brebajes
de Circe, son una imagen fidelísima del embrutecimiento
a que conducen la intemperancia y el libertinaje.
¿Creían
todos los sabios de la antigüedad en la verdad
de las fábulas mitológicas? Seguramente
que no, pero no se atrevían a combatirlas abiertamente
y contentábanse con burlarse de ellas en el seno
de sus familias o en la intimidad de sus amistades.
Quiso Sócrates demostrar a los atenienses la
existencia de un solo y verdadero Dios y atacar, por
ende, el politeísmo, y pagó con la vida
sus nobles propósitos. En Roma, Cicerón
se atrevió en una de sus obras a chancearse al
tratar de los dioses y mereció por ello la censura
de sus contemporáneos.
Al cristianismo estaba
reservada la gloria de reducir a escombros este vetusto
edificio y hacer que ante la antorcha de la revelación
divina desaparecieran las tinieblas y la ignorancia
que tales supersticiones fomentaban.
En el principio del
mundo, según antiguos autores refieren, toda
la naturaleza no era sino una masa informe llamada •
Caos. Los elementos yacían en confusión:
el Sol no esparcía su luz, la tierra no estaba
suspendida en el espacio, el mar car cía de riberas.
El frío y el calor, la sequía y la humedad,
los cuerpos pesados y los cuerpos ligeros se confundían
y chocaban continuamente, hasta que un dios, para poner
fin a tan prolongada lucha, separó el cielo de
la tierra, la tierra de las aguas y el aire más
puro del aire más denso. Una voluntad omnipotente
plasmó el globo, formó las fuentes, los
estanques, los lagos y los ríos; ordenó
a los campos que se dilataran, a los árboles
que se cubrieran de hojas, a las montañas que
levantaran sus cimas y que entre unas y otras se abrieran
los valles. Los astros brillaron en el firmamento, los
peces surcaron las aguas, los cuadrúpedos habitaron
la tierra, y los pájaros, volando por los aires,
iniciaron sus armoniosos trinos. Así fue creado
el universo y los dioses velaron por su conservación.
Diversas clases
de dioses
Los paganos dividían
sus DIOSES en tres clases: los grandes dioses, los dioses
inferiores y los semidioses.
I. Los GRANDES
DIOSES o DIOSES SUPERIORES eran veintidós,
de los cuales solamente doce formaban la corte celestial
y podían deliberar en ella: entre las diosas
se contaban Cibeles o Vesta, Juno, Ceres, Minerva, Venus
y Diana; entre los dioses, Júpiter, Neptuno,
Vulcano, Marte, Apolo y Mercurio. Los otros diez, llamados
selectos o dioses escogidos, compartían con las
doce divinidades mayores el privilegio de ser esculpidos
en oro, plata y marfil y eran: el Cielo o Urano, Saturno,
Plutón, Baco, Jano, las Musas, el Destino y Temis
II. LOS
DIOSES INFERIORES O DIOSES DE SEGUNDO ORDEN
se dividían en
dioses campestres, dioses del mar, dioses dome ticos
y dioses alegóricos.
III. Se
designaba con el nombre de HÉROES o SEMIDIOSES
a los hombres nacidos de un dios y una mujer mortal
o de un mortal y una diosa (como Hércules, Pólux,
Eneas), denominación que se extendió más
tarde a los hombres que por acciones relevantes merecieron
ser admitidos en el cielo, después de su muerte
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