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Yazilikaya y la religión hitita

Las esculturas más interesantes, tanto desde el punto de mira artístico como del religioso, son los relieves de Yazilikaya. Este hermoso templo está situadofuera de la ciudad, en un lugar donde, en tiempos pretéritos, un manantial de aguas cristalinas regó un vallecito sombreado por árboles. Profundas hendidurasen la roca calcárea, abierto al cielo y tapizado de hierbas y flores, el empla­zamiento es ideal para el culto, y los relieves están tallados en las superficies verticales de dos cavidades o «cámaras» principales. Fuera pueden verse las ruinas de una puerta primorosamente construida, o propileo, que daba acceso al santuario  La cámara exterior está decorada con una procesión de divinidades, algunas subidas en sus animales sagrados o identificadas mediante unos jeroglíficos. Estas figuras están esculpidas con poca habilidad, mientras que las del recinto interior revelan una emoción Tudhaliyas IV, bajo el brazo protector de un dios, apenas impresiona menos que el simbolismo de una enorme daga, que parece clavada en la roca que hay delante de él. Los hititas fueron un pueblo práctico, sin pretensiones intelectuales, carentes de las cualidades más refinadas que adornaron a otras naciones del Próximo Oriente en su tiempo. Pero fueron soldados innatos, con grandes caudillos, y gobernados, en tiempos de paz, por estadistas imbuidos de un claro ideario imperialista. También la religión parece haber desempeñado un importante papel en su género de vida, y sus creencias se basaron en algunos conceptos curiosos. Una de las escenas más notables de la historia ritual ceremonial debió de desarrollarse durante sus fiestas periódicas, cuando sacerdotes y celebrantes, rodeados de guardias cubiertos con cascos y una multitud de ciudadanos rapados, salían de los edificios públicos, austeramente monu­mentales, de Hattusas, y convergían en las calzadas que lle­vaban al valle contiguo a su misterioso santuario. La vida en su fortificada garganta montañosa los había hecho intuitivamente conscientes de un misterio inherente a las peñas naturales que los rodeaban; y tal vez entre los barrancos y cavernas de Yazilikaya era donde sus indolentes emociones respondían con mayor facilidad al estímulo ritual

Al llegar a este punto convendría tal vez recordar que, cuando los griegos aqueos organizaron la expedición contra la ciudad de Troya narrada por Hornero, los acontecimien­tos reseñados en los archivos hititas adquirían ya carácter histórico. La fecha mejor conocida, computada por los cronologistas griegos de épocas posteriores, de la caída de Troya fecha que los arqueólogos aceptan como la más verosímiles el año 1192 a. J. C. En aquellos días, si es que debe prestarse crédito a la relación que da Hornero de los aliados de Príamo, el escenario político de la Tróada y su hinterland se hallaban en proceso de rápida transformación. La zona que hemos identificado hipotéticamente como el Estado de Ahhiyawa del último período de la Edad del Bronce, difícilmente pudo quedar al margen de las migra­ciones dirigidas hacia el Este a través de los estrechos, mi­graciones que empezaban a producirse a intervalos regula­res. No obstante, la supervivencia de un elemento ahhiya-vano en la población de la Troya de Príamo explicaría la afinidad cultural que Hornero establece entre los troyanos.

       

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